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Corazón de papel

Cierto día un gran amigo después de una pequeña discusión, me entregó un folio y me dijo:

- Estrújalo.


Asombrado obedecí e hice una bola con el papel.

Luego me dijo que lo volviera a dejar como estaba antes y por supuesto no pude. Por más que lo intenté el papel se quedó lleno de arrugas.

Entonces mi gran amigo espetó:

- El corazón de las personas es como este papel. La impresión que dejas en ese corazón que lastimaste será tan difícil de borrar como esas arrugas en el papel. Por impulso a veces no nos controlamos y decimos o hacemos cosas sin pensar y luego nos arrepentimos, pero no podemos dar marcha atrás, no podemos borrar lo que quedó grabado. Aunque intentes enmendar el error, ya estará marcado.


Desde hoy intentad ser más comprensivos y más pacientes y cuando sintáis ganas de estallar recordad el papel arrugado e intentad no hacer daño a la persona que tenéis al lado.


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La leyenda del Halcón y el Águila

Os dejo una preciosa leyenda Sioux que me ha enviado mi buena amiga gaditana Inma.




Cuenta una vieja leyenda de los Indios Sioux norteamericanos que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, un valiente joven guerrero y Nube Azul, la hija del jefe, una de las más hermosas mujeres de la tribu.

- Nos amamos - empezó el joven

- Y nos vamos a casar - dijo ella

- Nos queremos tanto que tenemos miedo, queremos un conjuro, algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos, que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar el día de la muerte.

- Por favor - repitieron, - ¿Hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra...

- Hay algo... - dijo el viejo después de una larga pausa... –

Pero no sé... Es una tarea muy difícil y sacrificada.

- No importa - dijeron los dos, - lo que sea - ratificó Toro Bravo.

- Bien, - dijo el viejo... - Nube Azul, ¿Ves ese monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin mas armas que una red y tus manos, deberás cazar el halcón mas hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas deberás traerlo aquí con vida, al tercer día después de luna llena. Comprendiste?

- La joven asintió en silencio.

- Y tú, Toro Bravo - siguió el brujo, - Deberás escalar la montaña del trueno, y cuando llegues a la cima encontrarás la mas brava de todas las águilas y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Azul... Salgan ahora!

Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte...y él hacia el sur.

El día establecido, frente a la tienda del viejo, los dos jóvenes esperaban con grandes bolsas que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas.

Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo las aves cazadas. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.

- ¿Volaban alto?, - Preguntó el brujo.

- Sí, sin duda, como lo pediste... ¿y ahora, los mataremos y beberemos el honor de su sangre? - preguntó el joven.

- No - dijo el viejo.

- ¿Los cocinaremos y comeremos el valor de su carne? Propuso la joven.

- No - repitió el viejo. Harán lo que les digo...Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con éstas tiras de cuero... Cuando las hayan anudado, suéltenlas...y que vuelen libres!

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía, y soltaron los pájaros.

El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritados por su incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí, hasta lastimarse.

- Este es el conjuro... - Dijo el viejo: Jamás olviden lo que han visto, ustedes son como esta águila y este halcón... Si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no solo vivirán arrastrándose, sino que tarde o temprano, empezaran a lastimarse el uno al otro... Si quieren que el amor perdure entre ustedes...

¡Vuelen juntos, pero jamás atados!



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La estantería

Precioso relato corto en el que se detalla un pasaje de la rutina en cualquier pareja y en el que me he sentido reflejado.

A buen seguro que vosotros también.



- Como sigas apretando así vas a terminar pasando de rosca el tornillo y luego será imposible sacarlo.
- ¡Ah! ¿Y cómo se supone que tengo que hacerlo, le pido por favor que se enrosque hasta el final?
- Oye, no me contestes así, te lo he dicho de buena manera. Haz lo que quieras.
- Haz lo que quieras... No es hacer lo que yo quiera, sino hacer lo que hay que hacer. Como tú no me informas, y se supone que eres el experto, pues no sé hacerlo. Lo hago lo mejor que puedo, pero claro, el señorito sólo se digna dirigirme la palabra cuando ve que hago algo mal.
- Te he informado de que si seguías apretando se pasaría de rosca. Pero tú te cabreas con cada cosa que te digo porque piensas que sabes hacerlo y te molesta que te diga cómo se hace. ¡Ah! Ahora te vas, ¿eh? Pues nada, que te vaya bien.
- Te estoy escuchando.
- Te has puesto el abrigo, eso quiere decir que te vas, ¿o es que tienes frío?
- Me he puesto el abrigo porque está claro que no tengo nada que hacer aquí contigo. Me voy a la calle y cuando vuelva sabré perfectamente hacer mi trabajo: recoger todo lo que hayas dejado por el suelo.
- Sí, será mejor que te vayas.
- Eso es: ``vete, vete´´. ¡Hablar contigo es imposible!. Pues ahora no me voy, esta es mi casa. No soy yo la que tiene que irse.
- El que tiene que irse soy yo, ¿no? Pues nada, cargo otra vez todas las herramientas y me voy. Para qué habré tenido que venir a ayudarte a montar esto...
- ¿Qué haces?
- Estoy recogiendo. Me voy.
- No te he dicho que te vayas. Sólo quiero que hablemos de lo que ha pasado.
- ¿Qué ha pasado? Te he dicho que ibas a pasar de rosca un tornillo y me has echado de tu casa.
- No. Lo que pasa es que tú no hablas, tú vas haciendo y piensas que has dicho las cosas y en realidad no las has dicho. Y luego quieres que todo se haga como tú has pensado que se hiciera, pero sin que lo hayas comentado. Y me vas a volver loca.
- Joder, no llores. No entiendo qué te pasa... estábamos tan a gusto montándote la estantería y es que todavía no sé lo que ha pasado
- Ante cualquier discusión tú sales corriendo, así cómo quieres que te conozca, así cómo quieres que no me enfade y que sepa lo que quieres. ¿Cómo quieres que sepa si de verdad quieres que vaya a vivir contigo?
- Te he pedido que te vinieras a vivir conmigo... Si te lo he pedido es porque quiero, si no, no te lo hubiera dicho. Pero tú me has dicho que no estabas segura, pues yo lo respeto. Y, por favor, deja de llorar. Toma, un pañuelo.
- Pero es que no estoy segura porque no sé si tú quieres de verdad o te vas a cansar de mí a la media hora de estar juntos.
- No me voy a cansar. Pero si nos cansamos, pues qué le vamos a hacer. No hacer las cosas por miedo a que se estropeen... No llores, ¿cómo me voy a cansar? Si estoy loco por ti... Ven, dame un abrazo.
- ¿De verdad, de verdad que quieres que viva contigo?
- De verdad.
- ¿Y qué hago ahora con la estantería?
- ¡Qué tonta eres! Ven aquí...



Visto en La fiesta sorpresa


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Las últimas reinas de los Quiché

Si uno camina hacia el Sur y hacia el Oeste de las ruinas de Kumarkaaj, también llamada Utatlán, la antigua ciudad capital de los Mayas Quiché, se encontrará con dos hermosos y pequeños lagos, en San Sebastián Lemoa y en San Antonio Ilotenango. Los menos crédulos se cuestionan el origen de estos dos lagos, porque sus abuelos lo saben muy bien, y así se lo contaron, cuando la vida y sus verdades eran muy diferentes a las de ahora.

El día en que Pedro de Alvarado ordenó el incendio de Kumarkaaj, dispuso que los dos reyes de los Quiché, Oxib Quej y Belejep Tzí, fueran atados a sus tronos y colocados a los pies de sus dioses. Así, el 4 de abril de 1524, el holocausto del fuego de los conquistadores españoles llevó a la destrucción total de la capital del Imperio Quiché y de su dinastía.

Las dos reinas, Icchaom y Zúxit, lograron huir a tiempo y pasaron varios días vagando por las colinas colindantes, esperando que un milagro les devolviera a sus esposos. Cuando al final se dieron cuenta de que lo habían perdido todo, sus esposos, sus tesoros, sus hogares, su tierra.., supieron que sería una ofensa para los dioses continuar viviendo, así que decidieron dejarse morir, errando sin rumbo en la soledad de la selva.

Para estar completamente solas e incapaces de ayudarse la una a la otra, las dos reinas determinaron tomar diferentes direcciones. Icchaom fue hacia el Sur, y Zúxit hacia el Oeste. Así, la primera alcanzó Lemoa y la segunda Ilotenango. Solas, sin otra cosa más que la memoria y los recuerdos, las dos reinas derramaron muchas lágrimas. Tanto lloraron que se formaron los dos pequeños lagos que aún hoy podemos contemplar.

En las noches de luna nueva, cuando el silencio de la noche permea el aire del Lago Ilotenango, se puede escuchar el sonido de una piedra que rueda. Es la canción triste de la Reina Zúxit, cuyas notas quedaron encerradas en las aguas del lago. Y cuando la luna esta llena, no existe otro lugar en la Tierra donde su reflejo sea más brillante que en las aguas del Lago Lemoa. Es la mirada de zafiro de la Reina Icchaom, que aún perdura en sus lágrimas.

En los tiempos coloniales, las autoridades españolas, en un intento de controlar las peregrinaciones a los dos lagos, construyeron sendas iglesias a sus orillas, dedicándolas a San Sebastián y a San Antonio. Pero aún hoy, los viejos de Chichicastenango te dirán que el Lago Lemoa y el Lago Ilotenango son sagrados. Los sacerdotes llevan allí a los pecadores y lavan su cabeza y su pecho con las aguas sagradas de los lagos. Entonces, mientras rezan, señalan hacia la Luna con una mano, y se llevan la otra hasta el oído, para poder así escuchar el sonido de la piedra que canta. Así, los pecadores son purificados por las lágrimas de las últimas reinas de los Quiché, lágrimas que llenan sus corazones de patriotismo y de fe.

"Tales from Chichicastenango", Raúl Pérez Maldonado (traducción de Owen Wangensteen)



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La prueba de la bañera

Durante una visita a un Instituto Psiquiátrico, uno de los visitantes le preguntó al Director sobre qué criterio usaba para decidir si un paciente debería o no ser internado.

- "Bueno", dijo el Director, "hacemos la prueba siguiente: llenamos completamente una bañera, luego le ofrecemos al paciente una cucharita, una taza y un cubo y le pedimos que vacíe la bañera. En función de cómo vacíe la bañera, sabemos si hay que internarlo o no".

- "Ah, entiendo"- dijo el visitante. - "Una persona normal usaría el cubo porque es más grande que la cucharita y la taza".

- "No -dijo el Director, "una persona normal sacaría el tapón. Usted qué prefiere: ¿una habitación con o sin vistas al jardín?


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